Tres posibles orígenes para un invento que cambió nuestras vidas.
Uno - Wetzel Según el MIT y su biblioteca pública, el ATM (Automatic Teller Machine, o Cajero Automático en chileno) fue creado por un norteamericano. La reseña indica que en 1969, el Chemical Bank anunciaba que “a partir del 2 de septiembre de 1969, nuestras puertas abrirán a las 9 de la mañana… ¡y no cerrarán mas!”
Con estas palabras, precisamente escogidas por McKenzie Publicity Enterprises, se anunciaba el nacimiento de los ATMs y, a su vez, se enfrentaba el público a una revolución bancaria sin precedentes, cuyo resultado ya conocemos: se había acabado el horario para que los clientes bancarios tuvieran acceso a su dinero.
Hoy, hay cajeros en todos lados, dentro de las farmacias, de los cines y hasta en la Antártica.
El artículo del MIT propone que el tejano Don Wetzel, harto de hacer largas colas en los bancos, pensó: “todo lo que hacen los cajeros es cambiar cheques, recibir depósitos, decirte tu saldo y hacer transferencias entre cuentas. Yo creo que podemos hacer una máquina que haga eso”. El señor Wetzel trabajaba en Docutel, empresa que compró la idea y le otorgó 4 millones de dólares como un adelanto para la investigación y desarrollo de la primera máquina capaz de realizar el trabajo de un cajero humano.
De hecho, el museo Smithsonian reconoce a Wetzel y a Docutel como los inventores del ATM, ya que fueron los primeros en patentarlo.
Dos - SimjianEl archivo de la Universidad de Cambridge, sin embargo, cuenta una historia diferente. En ella se hace referencia al año 1939, cuando Luther George Simjian patentó un prototipo de máquina expendedora de dinero, mucho más sencillo que cualquiera otro patentado en la década de los sesenta.
Simijian, hijo de padres armenios, nació en Turquía y desde niño se interesó por descubrir cómo funcionaban las cosas, transformándose en un especialista en dearmar todo tipo de mecanismos complejos, tales como relojes pendulares o máquinas fotográficas.
Después de la Primera Guerra Mundial fue, como mucha gente en Europa, separado
de su familia. Así fue que a los 15 años llegó a los Estados Unidos, donde fue acogido por unos parientes.
Empezó a trabajar como fotógrafo, pero deseaba ser médico. Sin embargo, cambió de opinión drásticamente cuando la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale le ofreció un trabajo en su laboratorio fotográfico, área universitaria de la cual fue nombrado director apenas con 23 años.
Pronto desarrolló métodos para proyectar imágenes del microscopio, hacer fotografías bajo el agua y tomar rayos X coloreados.
Su primer gran invento comercial fue una cámara para autorretratos, que permitía al sujeto verse en un espejo antes de tomar la foto.
En 1939, se le ocurrió crear una máquina inteligente que, colocada en un agujero de la pared de un banco, permitiera a los clientes realizar transacciones financieras. La idea fue recibida con escepticismo.
Tras registrar 20 patentes relacionadas con su invención, convenció a lo que hoy es Citicorp para instalar una y probarla. Después de seis meses, había muy poca demanda para la nueva máquina, por lo que fue retirada del banco.
Al parecer, las escasas personas interesadas en utilizarla eran prostitutas y apostadores, quienes no deseaban tratar cara a cara con los cajeros humanos en las ventanillas del banco, por vergüenza o conveniencia para sus propios negocios.
Simjian, lejos de amilanarse, siguió trabajando en sus muchos y variados inventos. Fue así que, durante la Segunda Guerra Mundial, diseñó un simulador de vuelo que fue de gran utilidad para entrenar a los pilotos aliados, un velocímetro para aviones, un medidor automático para el franqueo postal y, como si fuera poco, inventó el teleprompter, máquina que usan los conductores de televisión para leer sin dejar de mantener la vista aparentemente fija frente a la cámara.
Tres - Sheperd-Barron
Esta historia dice que en la primavera de 1965, el británico John Sheperd-Barron inventó el primer cajero automático, considerado el precursor de los cajeros actuales.
Sheperd-Barron presidía en ese entonces la primera compañía de vehículos blindados en Europa, Security Express, fundada por la empresa británica De la Rue, pionera en imprimir timbres postales en el mundo, como los famosos penny blacks y los triangulares de Cabo de Buena Esperanza.
Multifacético y de personalidad eléctrica, Sheperd-Barron también dirigía Instrumentos De La Rue, una compañía anidada de la primera, la cual contaba con 11 empleados y dos productos: una máquina para contar billetes en los bancos y otra que contaba hojas para imprimir billetes.
Como casi todo invento que cambia nuestra forma de vida, la historia del ATM comenzó de manera casual. Sheperd-Barron y su esposa Caroline vivían en el campo, pero su banco estaba en Londres, por lo que él debía cambiar sus cheques en la sucursal local del mismo banco. Ordenadamente, todos los sábados sacaba dinero para el fin de semana, aprovechando que la oficina abría de 9:30 a 12:30. sin embargo, un día llegó a las 12:31 y ya no pudo cambiar su cheque.
Más allá de su obvia molestia, esa misma noche, mientras estaba en la tina del baño, pensó que debía inventarse alguna manera para que los clientes de los bancos pudieran tener acceso a su dinero a cualquier hora, ya que el dinero no pertenecía al banco y, por lo tanto, era injusto que les restringieran los horarios de acceso al mismo.
Siempre recostado en la tina, Sheperd-Barron recordó las máquinas que vendían chocolates, en las que se insertaba una moneda de un penique en una ranura, se jalaba una palanca y se abría un cajón en el que aparecía una barra de chocolate. Claro, imaginó una máquina similar, pero que en vez de chocolates, entregara dinero. Los fajos de billetes aparecerían en el cajón una vez que la máquina leyera un cheque.
Recordemos que en aquel entonces no existían las tarjetas bancarias de plástico y usar cheques era algo lógico porque podían incluir elementos de seguridad, así como un método para identificar automáticamente al usuario.
Analizando la seguridad de estas transacciones, Sheperd-Barron pensó que cada cliente tendría que memorizar su propio número de identificación. Como todo en esta historia, ocurre que al inventor se le ocurrió la idea cuando, tratando de identificar un número que sirviera para sus propósitos, se dio cuenta de que él mismo podía recordar los seis dígitos de su registro militar.
Convencido de su idea, a la mañana siguiente decidió probarla con su esposa Caroline. En la mesa de la cocina de su casa, ella no pudo recordar ningún grupo de seis números (los teléfonos tenían 5), pero le dijo que podía recordar y relacionar cuatro dígitos. Así nació el Número de Identificación Personal o PIN (Private Identificaction Number) de 4 dígitos, que se convirtió en un estándar mundial.
John Sheperd-Barron sabía acerca de las técnicas utilizadas para la impresión de cheques, otro de los negocios de la empresa para la que trabajaba, De La Rue. De hecho, tenía experiencia usando ingredientes de seguridad, como el Carbono 14, un material levemente radiactivo.
El lunes en la mañana fue a trabajar a Londres y reunió a su pequeño equipo de Instrumentos De La Rue. Planteó el problema de entregar dinero durante las 24 horas a través de la pared del banco, exponiendo sus ideas iniciales para resolver los temas que pudieran quedar pendientes de controlar, como la seguridad adicional y el caso del conteo de billetes por cortes variados, es decir, tomar un billete de un compartimento y otro de otro hasta hacer el monto solicitado.
Dos días después, el equipo de Sheperd-Barron ya tenía algunas soluciones prácticas, aunque de forma muy esquemática. El proyecto parecía posible, siempre y cuando pudieran controlar la lectura de los códigos e ingredientes de seguridad.
El viernes de la misma semana, Sheperd-Barron acudió a una comida de negocios de Security Express, su otro trabajo. Allí se reunió con la gente de Barclays, el cual era por entonces el cuarto banco más grande del mundo, y al que le transportaban dinero para cerca de 2,000 sucursales.
Aun entusiasmado por la máquina que tenía en la cabeza y aprovechando su segundo martini, le pidió a su invitado, Harold Darvill, que le diera 90 segundos para explicarle su nueva y revolucionaria idea.
A los 85 segundos, el Director Ejecutivo de Barclays se mostró convencido y le dijo a Sheperd-Barron que, si era capaz de fabricarla, compraba la máquina.
Al lunes siguiente, el Banco Barclays firmó un contrato con John Sheperd-Barron para desarrollar un prototipo del cajero automático, instalar las primeras seis máquinas y posteriormente surtir cinco pedidos de 50 cajeros automáticos cada uno.
Por increíble que parezca, la idea que surgió un sábado en la noche en la tina se había convertido en una realidad apenas nueve días después, tras ese primer contrato con uno de los bancos más importantes del mundo.
El inventor, entonces, reunió a su equipo, contrató más gente y se puso a trabajar en el prototipo de su cajero automático, que estuvo listo dos años después.
El primer cajero automático del mundo, inventado por John Sheperd-Barron de la firma británica De La Rue, fue instalado en una sucursal del Banco Barclays en la calle Enfield, al norte de Londres, e inaugurado el 27 de junio de 1967.
El inventor recuerda, como un gracioso chascarro, que tuvo que ayudar al Presidente del Banco a introducir su PIN de cuatro dígitos. Obviamente, aquel hombre nunca había apretado un botón para nada en su vida. Era otra época, por cierto no muy lejana. Finalmente, todo salió bien y la inauguración fue un éxito.
El primer cliente en retirar dinero del nuevo cajero automático fue el actor Reg Verney de la comedia de televisión británica On The Buses. La noticia apareció en los periódicos, la radio y la televisión de todo el Reino Unido.
Sheperd-Barron usó cheques impregnados con Carbono 14. La máquina detectaba la radioactividad y la cotejaba con el PIN.
La inauguración del primer cajero automático en el Banco Ginza, de Japón, atrajo a una multitud de 10,000 personas. Un espectacular anuncio de neón de 15 pisos de altura decía Obtenga su efectivo aquí y el público japonés pensó que iban a regalar dinero a los primeros en llegar.
En febrero de 1969, John Sheperd-Barron fue el primer extranjero invitado para hablar ante la Asociación Americana de Banqueros durante una conferencia en Miami.
El inventor hizo una presentación de 15 minutos sobre el sistema de efectivo Barclays y De La Rue. Recibió un aplauso cortés, no hubo preguntas y solamente fueron recogidos 12 folletos de los 2,000 que había llevado, uno para cada uno de los asistentes.
La opinión generalizada en ese importante foro estadounidense era: ¿Quién necesita dinero a deshoras? Seis semanas después, Sheperd-Barron recibió una llamada urgente del Jefe de Operaciones del Primer Banco de Pennsylvania en Filadelfia. Su nuevo Presidente, John Bunting, con gran experiencia en mercadotecnia, le había ordenado comprar seis de esas cosas de las que habló el hombre inglés en Miami.
En 1982, más del 70% de los cajeros automáticos estadounidenses eran fabricados por De La Rue en Portsmouth, Inglaterra. Lo mismo sucedía en muchos otros países del mundo.
John Sheperd-Barron se dio cuenta cabal de la importancia de su invento cuando él y su esposa viajaron a Tailandia, donde vieron a un agricultor que llegó en una carreta tirada por un buey y se quitó su ancho sombrero de paja para usar el cajero automático. Fue la primera señal de que su invento había cambiado al mundo.
John Sheperd-Barron se retiró después de 35 años de servicio en De La Rue. En 1992, con motivo de los 25 años del primer cajero automático instalado en el Banco Barclays, develó una placa conmemorativa en la sucursal de la calle Enfield. La mayoría de quienes lo utilizan desconoce su historia y pocos notan la placa.
El inventor cree que su máquina se usará de otra forma en el futuro. Transportar dinero cuesta dinero y predice que el efectivo va a desaparecer dentro de algunos años.
Está convencido de que pronto se usarán los teléfonos celulares en tiendas y comercios, aún para pagos pequeños, lo cual empieza a convertirse en realidad en muchos países.
En 2005, Sheperd-Barron recibió la Orden del Imperio Británico de la Reina Isabel II, por sus servicios a la banca como inventor del cajero automático. A sus 82 años, sigue buscando ideas innovadoras para crear nuevas máquinas.
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