Y en 1987… conocí el Solomon´s Key. El mejor video juego de puzzles de la historia. Con ventaja.
¿De qué iba? Un hechicero, armado con una varita mágica, aparece en un punto de la pantalla. Desde ahí, debe desplazarse hasta la llave que está en la pantalla, la cual abre la puerta, que está en otra parte del tinglado. Fácil y bonito. Quizás bonito. Fácil, mis polainas.
El hechicero podía hacer apenas dos cosas con su varita: hacer aparecer/desaparecer bloques, o lanzar fuego (claro que este último es limitado). También podía saltar, agacharse, y muy poco más. Así las cosas, el desafío consistía en encontrar la ruta óptima para resolver cada puzzle: como llegar del punto de origen a la llave (recogiendo en el camino todos los elementos de valor que se encontraran), y como desplazarse desde ahí a la puerta. Todo en el menor tiempo posible, y sin que ninguno de los diversos bicharracos que pululaban por la pantalla despacharan a nuestro personaje. Y, por supuesto, tomando en consideración los distintos elementos estáticos que complicaban el almanaque: bloques fijos (que no se podían deshacer con la varita mágica, llamas, y generadores de bicharracos.
La curva de aprendizaje del juego era prácticamente nula. En dos minutos uno ya sabía cómo controlarlo completamente (al menos las destrezas básicas. Con el tiempo, descubrimos cosas como la levitación… mal que mal, ¡el tipo era un mago!). El problema radicaba en la curva de dificultad. Los primeros tres niveles eran triviales. Aprendizaje inicial. Hacer un bloque, saltar, hacer otro, descender, caminar por un pasillo, y así. El enganche con el juego.
Y de ahí hasta el nivel veintinueve, las cosas eran razonables. Pero a contar del nivel treinta… ¡afírmate cabrito!
Tal era la dificultad del asunto, que en por esos días con dos amigos (el guatón Santibañez y Casimiro) nos devanábamos los sesos tratando de resolver, entre los tres, cada nuevo nivel al que llegábamos. Y no éramos los únicos. Otros amigos (entre ellos, pero no amigos nuestros, más bien enemigos) estaban haciendo lo propio. Y eventualmente compartíamos información. Dulce adolescencia.
Finalmente, llegamos al nivel cuarenta y cuatro. Y lo superamos. Claro que varios días, y varias fichas después. Y el juego se acabó. En total, cuarenta y cuatro niveles, otros siete niveles ocultos (uno de los cuales tenía una musiquilla terriblemente pegajosa), una hora y media de juego en equipo por la módica suma de diez pesos de la época. Seguimos jugando todos los días. Una vuelta completa. Entre los tres, turnándonos una etapa cada uno.
Más de medio año invertido en terminar la dichosa maquinita. Incluyendo cambios de local (en ese entonces había cinco locales de videojuegos en mi pueblo: empezamos jugando en uno, se la llevaron, apareció en otro, se la llevaron también, apareció en un tercero, ídem, y finalmente llegó a un cuarto…), meses sin jugar, una celebración de cumpleaños jugando en el pueblo del lado, y varias otras anécdotas, todo para complementar nuestro gran logro: haber sido capaces de terminar el videojuego más difícil de todos. Alguien por ahí podrá decir que había otros más difíciles. Bienvenida será su nota al respecto. Pero hasta ese entonces, el Solomon’s Key es el más difícil de todos. Y ra.
Luego vendría el Anti Solomon’s: una variedad en la que jugábamos… tratando de obtener el menor puntaje posible. Lo que hace el ocio.
Desarrollado en 1986 sobre la base de un chip Z80 por Tecmo, rápidamente fue transportado al Commodore 64 y al Nintendo. Con tan bajos requerimientos, hoy por hoy, Solomon’s Key es más que un buen recuerdo. Cortesía del Multi Arcade Machine Emulator (más conocido por su acrónimo MAME), está disponible para ser jugado en cualquier computador. También forma parte de recopilaciones Tecmo disponibles para X-Box y Wii. E incluso está disponible en emulador… ¡en facebook! Pero ni lo intenten. Es adictivo. Es desafiante. Y el nivel cuarenta y uno tiene una sola solución, y no permite errores.
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